top of page

Lo bonito de la maternidad también merece ser contado

En este Día de la Madre te comparto una reflexión honesta sobre una etapa que también puede estar llena de amor, transformación y sentido.


Antes de convertirme en mamá, tenía miedo.


Miedo al embarazo. Miedo al parto. Miedo al postparto. Miedo a cómo cambiaría mi cuerpo, mi rutina, mi relación, mi trabajo, mi libertad y, si soy completamente honesta, también tenía miedo de dejar de reconocerme.


Creo que muchas mujeres llegamos a la maternidad cargando no solo nuestros propios miedos, sino también todos los relatos que escuchamos alrededor. Historias de agotamiento, de pérdida, de crisis, de noches sin dormir, de relaciones que cambian, de cuerpos que ya no se sienten propios. Y ojo, no digo que esas experiencias no existan, porque claro que existen. La maternidad trae desafíos reales, cambios profundos y momentos complejos que merecen ser acompañados con honestidad.


Pero hay algo que personalmente siento que se habla mucho menos y es de lo bueno.


Se habla poco de lo profundamente hermoso que puede ser este proceso cuando es una maternidad deseada, cuando existe una red de apoyo, cuando una se siente cuidada, acompañada y segura para vivir esta etapa a su ritmo.


Se habla poco de cómo también puede ser una experiencia llena de amor, de conexión y de una ternura difícil de poner en palabras.


En mi caso, una de las cosas más inesperadas de la maternidad fue descubrir que no vine a perderme, sino a conocerme de una manera completamente distinta.


Sí, muchas cosas cambiaron. Mis tiempos cambiaron. Mis prioridades cambiaron. Mi energía cambió. Mi rutina cambió. Pero junto con esos cambios, también empezó a aparecer una versión de mí que no conocía. Una versión más sensible, más intuitiva, más presente. Una versión que aprendió a pedir ayuda, a bajar el ritmo, a dejar de intentar hacerlo todo perfecto y a conectar con lo verdaderamente importante.


La maternidad, al menos para mí, no ha sido solo criar a otra persona. También ha sido un proceso profundo de reconstrucción personal.


Ha sido aprender a habitar una nueva identidad. Entender que puedo seguir siendo yo, pero desde un lugar distinto. Que no desaparecí. Que cambié.


Y aunque hay días más desafiantes que otros, aunque hay cansancio, dudas y ajustes constantes también hay una belleza muy real en todo esto. En una mirada. En una sonrisa. En ese pequeño cuerpo descansando sobre tu pecho. En sentir que tu corazón ahora late también fuera de ti.


Hoy, en mi primer Día de la Madre, quería compartir esto porque siento que también necesitamos escuchar historias así. Historias que no niegan lo difícil, pero que tampoco olvidan lo hermoso.


A todas las mamás que están viviendo esta etapa desde distintos lugares, con distintos ritmos, con distintas historias feliz día.


Y si hoy estás transitando la maternidad, quiero recordarte algo que a mí me ha hecho mucho sentido: no siempre estamos perdiendo una versión de nosotras. A veces, simplemente estamos conociendo una nueva.


Con cariño,

Javi 🌿

Comentarios


bottom of page