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Reflexiones desde el duelo

4 sept
5 min de lectura
Este año, acompañar tantos procesos de duelo en terapia me ha hecho pensar mucho en la muerte, pero sobre todo en la vida. En lo extraordinario que es estar aquí, en el valor de lo que todavía tenemos y en cómo podemos acompañar a alguien que está sufriendo sin sentir que tenemos que arreglarlo.

Cómo acompañar a alguien que está sufriendo sin sentir que tenemos que arreglarlo

Cuando alguien que queremos está atravesando un duelo, muchas veces no sabemos muy bien qué hacer. Queremos ayudar, pero no sabemos cómo. Queremos decir algo que alivie, pero nos da miedo equivocarnos. Queremos acompañar, pero frente al dolor del otro aparece algo muy humano: las ganas de hacer que deje de doler.

Quizás ahí está una de las cosas más difíciles de aprender cuando acompañamos un proceso de duelo: no siempre hay algo que arreglar.

Hay dolores que no tienen una solución. Hay pérdidas que no podemos cambiar y preguntas para las que quizás nunca vamos a tener una respuesta. Y frente a eso, puede ser muy difícil tolerar nuestra propia sensación de impotencia.

A veces pensamos que, para ayudar a alguien que está sufriendo, tenemos que encontrar las palabras correctas, darle un consejo, distraerlo o decirle que todo va a estar bien. Pero quizás acompañar no tiene tanto que ver con encontrar qué hacer, sino con poder estar ahí mientras el otro atraviesa lo que está viviendo.


No necesitamos tener las palabras perfectas

Creo que una de las razones por las que a veces nos cuesta acercarnos a alguien que está viviendo un duelo es porque pensamos que tenemos que saber qué decir. Nos da miedo hacer una pregunta equivocada, decir algo que haga más difícil el momento o simplemente no saber cómo responder cuando la otra persona nos cuenta algo muy doloroso.

Pero la verdad es que no necesitamos tener la frase perfecta. Podemos decir algo tan sencillo como: “No sé muy bien qué decirte, pero estoy aquí”, o “si quieres hablar, te escucho”. Incluso podemos reconocer nuestra propia dificultad y decir “no sé cómo acompañarte en esto, pero quiero estar cerca”.

A veces, decir honestamente que no tenemos respuestas puede ser mucho más cercano que intentar llenar el espacio con consejos o explicaciones. Porque cuando alguien está sufriendo, no siempre necesita que entendamos exactamente lo que está viviendo. Muchas veces necesita sentir que puede contarlo sin tener que protegernos de su dolor.


Escuchar antes de intentar solucionar

Cuando alguien nos cuenta que está pasando por algo difícil, muchas veces empezamos a escuchar mientras pensamos qué vamos a responder. Antes de que termine de hablar ya estamos buscando una experiencia parecida, un consejo que podría servirle o alguna idea que creemos que podría hacerlo sentir mejor. Y es muy humano, aconsejamos porque queremos ayudar. Pero la escucha activa implica intentar hacer algo un poquito diferente: escuchar primero, antes de intentar intervenir.

Podemos hacer preguntas sencillas que le permitan a la otra persona seguir contando lo que está viviendo: “¿Cómo has estado estos días?”, “¿Qué ha sido lo más difícil?”, “¿Quieres contarme un poco más?”. Y después podemos simplemente escuchar la respuesta.

Esto también significa aprender a tolerar los silencios. No necesitamos llenar cada pausa ni llevar la conversación hacia algún lugar. Podemos dejar que la persona piense, llore, se quede callada o vuelva sobre algo que ya nos había contado.

A veces una persona no necesita que le mostremos una salida. Necesita poder contar cómo está siendo el camino.


No todo lo que duele necesita un consejo

Hay una pregunta que puede ayudarnos mucho cuando no sabemos qué hacer: “¿Me está pidiendo una solución o me está pidiendo compañía?” Porque no siempre necesitamos lo mismo.

A veces alguien efectivamente quiere que pensemos juntas qué puede hacer. Pero otras veces quizás solamente necesita poder decir “hoy fue un día horrible” y que alguien pueda responder “sí, parece que fue muy difícil”, sin intentar inmediatamente transformar ese día en algo mejor.

Hay frases que solemos decir con muy buenas intenciones, como “todo pasa por algo”, “tienes que ser fuerte”, “al menos…”, “el tiempo lo cura todo” o “tienes que seguir adelante”. Muchas veces nacen del amor y de nuestras propias ganas de aliviar al otro, pero pueden hacer que la persona sienta que tiene que salir rápidamente de aquello que está sintiendo y quizás no necesita salir todavía.

A veces simplemente duele.

Podemos reconocer ese dolor sin tener que convertirlo en un aprendizaje, encontrarle un sentido o hacer que desaparezca.


No tengamos tanto miedo al llanto

También puede ser difícil cuando la persona que queremos empieza a llorar. Muchas veces nuestro primer impulso es intentar detener ese llanto porque nos incomoda verla sufrir. Decimos “ya, tranquila”, buscamos distraerla o rápidamente intentamos hacerla sentir mejor. Pero quizás no necesitamos hacerlo.

Podemos quedarnos. Podemos ofrecer un abrazo si sabemos que la persona lo quiere. Podemos decir “llora tranquila, estoy aquí” y permitir que ese momento exista. No necesitamos sacar a alguien de su dolor para acompañarlo. Podemos estar a su lado mientras lo atraviesa, incluso cuando no sabemos qué decir.

Esto también es parte de la escucha: poder escuchar no solamente las palabras, sino también el silencio, el llanto, la rabia, la confusión y todas esas cosas que pueden aparecer cuando estamos pasando por una pérdida.


No podemos quitarle el dolor a otra persona

Quizás esta sea una de las cosas más difíciles de aceptar cuando queremos mucho a alguien: no podemos quitarle su dolor.

No podemos hacer que una pérdida no haya ocurrido. No podemos devolverle a alguien lo que perdió. No podemos acelerar un duelo para que termine antes. Aceptar esto puede hacernos sentir bastante impotentes. Pero hay una diferencia enorme entre no poder quitarle el dolor a alguien y no poder hacer nada.

Sí podemos escuchar. Sí podemos estar. Sí podemos acompañar. Podemos ofrecer ayuda concreta, podemos preguntar cómo está, podemos recordar, podemos volver a aparecer cuando el resto del mundo ya siguió con su vida.

No tenemos que arreglar el dolor para hacer que alguien se sienta menos solo. Y quizás eso es una de las cosas más importantes que he aprendido acompañando estos procesos en terapia: a veces estar ahí, de verdad, es muchísimo.


Una lectura que me ha acompañado

En medio de estas reflexiones también he vuelto a El libro tibetano de la vida y de la muerte, de Sogyal Rimpoché.

Es un libro profundo, con una mirada espiritual y budista sobre la vida, la muerte, la impermanencia, la compasión y el acompañamiento frente al morir. No lo recomiendo como un manual psicológico sobre el duelo, sino como una lectura que puede abrir preguntas y ofrecernos otras maneras de mirar estos temas.

A mí me ha acompañado especialmente en estas preguntas sobre cómo nos relacionamos con la muerte, cómo vivimos nuestras pérdidas y cómo podemos estar presentes frente al dolor de otra persona.

Si estás atravesando un duelo, acompañando a alguien que quieres o simplemente sientes que quieres acercarte a estos temas con un poquito más de profundidad, quizás sea una lectura que te haga sentido.


Quizás no siempre podemos hacer que el dolor de alguien sea más pequeño pero sí podemos hacer que se sienta un poquito menos solo.


Si estás acompañando a alguien que está viviendo un duelo, o si tú misma estás atravesando uno, espero que estas reflexiones puedan acompañarte de alguna manera.

Y si este artículo te hizo pensar en alguien que quieres, puedes compartirlo con esa persona. A veces un pequeño gesto puede ser una forma de decir: estoy aquí contigo. 🤍


Javi 🌿

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